Trump contra el artista

(Publicado: 15 de noviembre de 2016)

Ganó Trump. Medio mundo se fue con miedo a la cama y despertó asustado. Los artistas forman parte del mundo. Y el miedo es un enemigo del trabajo creativo. Trabajar sin miedo es un sueño para muchos. ¿Pero cómo conseguirlo cuando el mundo se vuelve siniestro?

Trump contra la creatividad

Trump aterra al artista aunque es e un artista a la manera de Mussolini. El millonario y presentador de televisión, y el dictador italiano son por igual teatrales y arrogantes, con modales y discursos tan violentos como llamativos.

Mussolini, novelista y poeta antes que tirano, confesó a un entrevistador:

«Todo consiste en dominar a las masas como un artista».

Trump conoce a su público y como todo artista comercial le da aquello que halaga sus oídos y su imaginación. La diferencia entre Trump y un Huxley, un Orwell y un Philip K. Dick, es que el político pretende que la distopía pase de las palabras a la realidad. (Posiblemente, Trump revele a Nixon como villano distópico en futuras publicaciones).

Trump también es un loco, dicen incluso compañeros de equipo. Un loco a la manera del tonto que temía Napoleón encontrarse como enemigo:

«No quiero al enemigo tonto, no sabes por dónde saldrá», decía el general francés.

No sabemos por dónde saldrá Trump, lo dicen sus compañeros de filas, cuando reciba de su antecesor un maletín con acceso a armas nucleares. Un maletín protegido por un cuerpo de soldados de élite. Cuatro minutos menos para la cuenta atrás.

Cuatro minutos, el tiempo entre pulsar el botón rojo y la salida de los misiles termonucleares de los silos. Lo hemos leído en los periódicos online con titulares clónicos: ¿Qué puede hacer y qué no puede hacer Trump?

Con todo lo que se ha dicho en los últimos días, en las casas y en las calles se ha instalado cierta inquietud. Y hasta el miedo. En el mundo hay otros tipos con botones rojos, pero nos habíamos acostumbrado a ellos. La misma inquietud que surgió tras la primera noche que vimos en televisión luces blancas sobre fondo verde, arriba el cielo, abajo el perfil de una ciudad: las bombas de Los Estados Unidos en el cielo de Bagdad. Era 17 de enero de 1991.

Bombas de Los Estados Unidos en el cielo de Bagdad

A la mañana siguiente, nos despertamos preguntándonos si estábamos ante el comienzo de la Tercera Guerra Mundial. Estábamos tensos, nerviosos, tratando de asumir lo que la CNN había mostrado a Oriente y Occidente. Lo que podría significar para nuestro futuro.

Muchas de las personas que conozco o encuentro a mi paso no quieren ver las noticias ni leer nada sobre Trump. Consideran que así vivirán más tranquilos. Tienen razón. Otras personas están atentas a cada noticia sobre el futuro presidente de Los Estados Unidos, llenándose de miedo e indignación. Sentimientos agotadores.

Fuera de mi círculo el mundo no está más tranquilo. Crece la búsqueda de “refugio nuclear” (en inglés) tras la victoria de Trump, dicen los periódicos mirando las estadísticas de Google Trends. Compre un refugio nuclear, mande hacerlo, hágalo usted mismo… Los que hacen negocios con el miedo lo tienen claro: disfrutan de las ganancias aquí y ahora porque en un escenario postapocalíptico, la moneda carecería de valor.

Trabajar sin miedo

Pienso en la inquietud que hay y en la que podría venir, y a mi cabeza acude una frase:

«Lo mismo es morir de gripe que de fin de mundo».

Frase de la novelita De profesión, fantasma, de Hubert Monteilhet, obra para pre-adolescentes que guarda verdades como la escrita. El protagonista se pregunta por qué hay gente tiene miedo al fin del mundo, y no a otras maneras de morir. Es un temor que puede llegar a ser paralizante. Un temor improductivo. Nadie se preocupa de la posibilidad de morir de gripe o al cruzar la calle.

Conozco a personas que saben que ha ganado Trump, y que el tipo no es buena persona, pero saben poco más. No necesitan saber más. No malgastan tiempo y energía en el personaje. Viven su vida, intentan hacer felices a los demás, a su familia, amigos y vecinos. Han visto llegar al poder a otros locos, pero siguieron atendiendo su pequeño mundo.

Personas que no son artistas, pero que viven como los artistas —los creadores, no los destructores— o los científicos que aman su trabajo: hacen cosas mientras el mundo se derrumba a su alrededor. Gente que no podría ser controlada por la palabrería de tipos siniestros. A los que quieren controlarnos con el miedo les gusta que estemos sin hacer nada, tragando lo que nos echen.

«El mundo pasa deprisa por tu lado», dice David Lynch. «No puedes controlar nada de lo que pasa fuera de ti. Haz tu trabajo, es lo único que puedes controlar».

Haz tu trabajo.

Trabajar sin miedo es otra forma de resistencia.

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