El extraño caso del personaje Jekyll y el guionista Hyde

¿Cómo acercarnos a los personajes para darles voz propia sin que nuestro yo domine sobre ellos? El guionista Marciano Menéndez reflexiona sobre esto.

Escrito por Marciano Menéndez Aizpurua (firma invitada)

La forma de expresarnos es una forma de delatarnos.

Uno de los mayores retos para todo guionista es diferenciar muy claramente a sus personajes entre sí. Quién no ha sufrido una crítica sobre, “hablan parecido” o “se comportan igual”. 

MARCIANO MENÉNDEZ

Sobre el papel, leído, son pocos los guiones que se salvan por completo de esto si son mirados con lupa. De hecho, igual que como guionistas reivindicamos en justicia el mérito de los textos en la obra, hay que ser objetivos y valorar lo que encuentran y extraen los actores dentro de los personajes. Sin saberlo, hacen mucho por nosotros. Y por ende a favor del resultado final, claro. A pesar de que algunos de nosotros los tengamos por nuestros mayores enemigos, debemos hacer el esfuerzo de acercarnos para que sean nuestros mejores amigos. Aunque sólo sea por egoísmo, por interés propio. Luego iré a ello.

La naturaleza del guionista

Esta semejanza involuntaria y errática entre personajes tiene su raíz en una condición superior a la de la apasionada capacidad de la escritura: nuestra naturaleza como seres humanos. Y es que a no ser que seas un guionista psicópata, que alguno hay, es muy difícil establecer que un único creador vaya a mostrar fehacientemente el reflejo de personalidades distintas y complejas en los personajes desde el teclado. Se intenta, sí, algunas veces con resultados muy dignos que emergen de nuestras ganas y profesionalidad, de la reescritura continúa después de opiniones de confianza que nos abren otras perspectivas, pero lo normal es que se vean las costuras en una profunda observación. Como ya digo, siempre existirá un nexo, una unión psicológica que viene derivada de una condición troncal y elemental: la naturaleza del propio autor. 

Los patrones del lenguaje

A las características superficiales físico-psicológicas expuestas, hay que añadir que el lenguaje tiene unos patrones comunes en los que se identifica el individuo. En nuestra forma de escribir, derivada en diálogos como una forma de hablar, se muestra todo aquello que pertenece a nuestro subconsciente (y al consciente también). Por mucho que nos parapetemos detrás de la personalidad de nuestros personajes, siempre en último caso saldrá la nuestra. La forma de expresarnos es la forma de delatarnos, en este caso mediante la escritura.   

Esto es lo habitual, la media, el paradigma… Somos Jekyll pretendiendo que nuestro personaje sea Hyde. 

La narrativa de los asesinos en serie

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No dejemos de lado a los psicópatas, esos grandes guionistas. Olvidémonos del grupo mayoritario, los políticos, y centrémonos en un reducido grupo de ellos, los asesinos en serie. Antaño, cuando éstos en un afán de encontrar un protagonismo que no siempre se les otorga intentan darse a conocer por sus crímenes, empiezan a mostrarse, a significarse, a expresarse.

Cuando no había tecnología, se hicieron famosas las notas manuscritas reivindicando los crímenes. Era la forma de cobrar el prestigio que todos buscamos con el público. Esto fue uno de los detonantes para dar alas y presencia a la grafología como elemento investigador. A medida que ésta fue creciendo, muchos criminales fueron siendo descubiertos. Y claro, los pobres tuvieron que cambiar de plan. Fue entonces cuando las notas manuscritas de los asesinos en serie pasaron a mejor vida y emergió la tecnología de los recortes. 

La policía anduvo entonces descolocada. Tuvieron que reinventarse también. Al quedar la grafología anulada, estudiaron tipos de papel, de qué periódicos o revistas podían partir esos recortes y hacer seguimientos desde esas pistas. Pero claro, si la policía no es tonta, los asesinos en serie tampoco le van a la zaga. Pronto escogieron diferentes recortes y papel que no diesen pistas (nada de periódicos locales, papel especial y cosas por el estilo). Fue entonces cuando la policía anduvo más perdida y optó por acercarse al concepto que nos interesa: la narrativa. 

La narración, es decir, la manera en que se cuenta una historia (en nuestro caso y en el de los asesinos en serie de antaño comunicándose con la policía, se escribe), también dio muchas pistas que sirvieron para acotar el círculo de sospechosos. Incluso era una forma de enlazar con el modus operandi. Es decir, somos lo que escribimos. Cada asesino en serie, cada guionista y por supuesto cada personaje de nuestra historia. Por naturaleza todos somos distintos y nos expresamos de forma diferente. Por eso, al meternos en la mente de otros, de nuestros personajes, tenemos que intentar no andar muy lejos de la frontera de la lógica, para hallar ese atributo dual diferenciado en una misma persona, que es lo que caracteriza la novela de Robert Louis Stevenson que nos sirve de referencia. 

Los personajes diferenciados, la naturaleza desequilibrada y la frontera de la lógica

En El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde, la analogía es clara entre el bien y el mal, sí, pero no se trata aquí de reflejar tanto eso como la posibilidad de que una mente se pueda descomponer en dos (o más). Es un modelo de cómo debemos dividirnos como creadores de personajes: una misma persona, dos mentes. A cada uno de nosotros alguna vez nos ha dicho un vecino eso de, “¿pero en las series cada personaje lo escribe un guionista?”, y ojo, que tras la risa inicial, y si pudiéramos superar todos los obstáculos organizativos habiendo una forma razonable de cuadrar eso, quizá no sería algo tan descabellado. 

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El extraño caso del personaje Jekyll y el guionista Hyde

Volvamos al principio, hablemos de los intérpretes de nuestros personajes. Todos sabemos que los buenos actores están medio locos. Esto no quiere decir que en muchos casos no sean buenas personas. A veces incluso mejor que algunos guionistas… Forma parte de su idiosincrasia, asociada a una forma de entender su vida, la de meterse muy dentro de la de otros; los personajes que interpretan. De muchos y muy distintos a lo largo del tiempo. No hay mente por lo tanto que pueda mantener el equilibrio. Esa frontera de la lógica la sienten tan cerca que a veces les ves interpretar la vida real. Pero a nosotros, como creadores iniciales de esos personajes, como guionistas, quizá deba suponernos una reflexión. Quizá tengamos que acercarnos a una tesitura parecida para meternos muy dentro de los personajes. Tanto que a veces no sepamos diferenciar mucho entre ellos y nosotros, como cuando de pequeños hablábamos con Dios y de mayores nos damos cuenta de que somos nosotros, o nuestra conciencia, la que pregunta y también responde. 

Vania en la calle 42

A este respecto siempre me maravilló el comienzo de Vania en la calle 42 de Louis Malle, sobre texto de Chejov. Ese comienzo en que los actores están hablando de sus cosas y sin saber cómo, ni habiendo transición alguna, se van metiendo poco a poco en el ensayo de la obra hasta el punto en que no nos hemos enterado del proceso o del momento en que su realidad se convierte en ficción. Este comienzo de la película es un ejemplo de esa característica. Tienen tan tenue esa frontera que pueden pasar de un lado a otro como el que salta a la comba. 

En nuestro caso, este ejercicio resulta aún más complejo ya que son varios los personajes, y el diagnóstico de esquizofrenia podría estar al acecho. Pero uno entiende que para todo hay niveles y que nuestra implicación no podrá ser nunca la misma que la de un actor por mucho que lo queramos. 

Desde muchos ámbitos del mundo del guión que suponen una referencia, se recomienda hacer cursos de interpretación para sentirnos más cerca de los personajes. A mí personalmente lo que más me ha valido a este respecto ha sido hablar con actores. Que te cuenten sus trucos, vivir con ellos su forma de pensar respecto a la creación, acercarse a su forma de crear el personaje. Tratar de entender como sienten su presencia. Leer a Stanislavski. Y por qué no a  Grotowski. 

En cualquier caso sumar mucho en esta dirección para que nuestros personajes cobren un sentido amplio y particular. En definitiva, seamos “el actor Stevenson” y estrechemos nuestra proximidad con el personaje. Recopilemos todo aquello que sea necesario para acercarnos a los métodos de los intérpretes. Así nosotros, como creadores, podamos convertirnos en Hyde y cada uno de nuestros personajes parta de ser Jekyll.

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