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Los amantes callados

El silencio es seductor. Está abierto a posibilidades.
Hay un chiste, muy conocido, de un hombre que en una fiesta descubre a una joven bellísima que no habla en toda la noche. Antes de irse, se arma de valor y se dirige a ella:
—Señorita, es usted tan hermosa… Si me dijera alguna palabra, me haría feliz. Dígame algo…
—¿Pa qué? ¿Pa cagarla?
¿Qué piensa Robert Redford como amante de Meryl Streep en Memorias de África? ¿Qué piensa el Leonardo DiCaprio de Titanic sobre el aborto o la eutanasia? ¿Y Patrick Swayze de Ghost sobre las corridas de toros o la inmigración ilegal?
Los guionistas se cuidan de no mostrar qué piensan en las películas los amantes y las amadas del mundo que les rodea. Los amantes están para reconfortar, para las risas, para escuchar, comprender, los besos y el sexo. Con un amante no hay tiempo para la política, la Crisis y cotorrear sobre conocidos o comentar programas de televisión. Un amante es una pizarra en blanco. Los espectadores pueden pensar del amante cualquier cosa, lo que les plazca; han pagado para ser engañados.
La regla para crear un héroe romántico es que sus ideas no sean de este mundo.

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Publicado en Cómo escribir