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¿El libro o la película?

Anjelica Huston en Dublineses

por Julia Gil (Guionista mercenaria)

Dos cabras en la basura de un estudio de cine están comiendo unos rollos de celuloide, una de ellas pregunta a su compañera si le gusta lo que come, la otra responde: «Me gustó más el libro».

Este viejo chiste, atribuido a Hitchcock, ilustra perfectamente el eterno y a veces conflictivo maridaje entre cine y literatura, dos géneros: cinematográfico y literario, tan perfectamente diferenciados que no deja lugar a dudas del error que supone comparar uno y otro. 

El guion como género literario

Actualmente, el viejo y controvertido debate sobre si el guion es un género literario o no, y si por tanto los guionistas somos o no escritores, se zanjó en nuestro país cuando el presidente de la Real Academia Española de la Lengua (RAE), José Manuel Blecua, a instancias del académico y cineasta José Luis Borau, reconocía al guion como un género literario más.

El problema común de guionistas y escritores

Escritores y guionistas nos movemos en el territorio común de la creación de historias y —aunque nos manejamos con lenguajes diferentes— compartimos inquietudes, dificultades y problemas a la hora de que nuestra creación vaya más allá del mero hecho de contar una historia: que el lector o espectador no sólo lo perciba, sino que lo viva con tanta intensidad que entre a formar parte de su experiencia. 

Como sabemos, son muchos los cineastas, Hitchcock sin ir más lejos, que han basado y basan sus mejores películas en obras literarias. Si comparamos unas con otras nos pasará como a las cabras (dicho sea, sin ánimo de ofender), habremos simplificado tanto ambos géneros, cine y literatura, que las degustaríamos como una fast food, perdiéndonos la posibilidad de gozar de los distintos colores, aromas, sabores y desde luego emociones que cada uno de los formatos puede ofrecernos por separado, aunque los dos compartan el mismo argumento o historia. 

El ejemplo de Dublineses

Anjelica Huston en Dublineses
Anjelica Huston en Dublineses

Un delicioso y claro ejemplo es Dublineses (1987), la película que John Huston rodó poco antes de morir. Dublineses (1914) es también una colección de quince relatos cortos de James Joyce de los que John Huston eligió el décimo quinto: Los muertos para realizar su última y exquisita obra de arte cuyo título en inglés es el del propio relato: The Dead. 

La elección de Dublineses no es azarosa; conocía ambas obras por separado, pero no fue hasta hace poco cuando, por razones que no vienen al caso, me propuse la tarea de “comparar” una y otra.  Tuve que recurrir a los archivos de mi memoria —algo dañados ya por el tiempo— en donde el relato y la película estaban aparcados y reparar, con la ayuda inestimable de la red de redes, el recuerdo de ambas volviéndolas a leer y ver casi al mismo tiempo. Un estupendo regalo llegado de improviso que me permitió valorar y disfrutar de las dos como nunca había hecho.  

La película es una sorprendente adaptación fiel y precisa del relato al lenguaje cinematográfico, una “rara avis” que asombra, sobre todo, por la extraña identificación entre dos sensibilidades tan opuestas como Huston y Joyce. 

Probablemente nunca sabremos por qué el autor de películas como El halcón maltés, La reina de África o El hombre que pudo reinar eligió este relato y a este autor, en apariencia tan distintos y distantes de él mismo y su obra, para dejarnos como legado casi póstumo esta pequeña joya. 

John Huston and Tony Huston in The Dead (1987)
 Tony Huston y John Huston en Dublineses (1987)

Huston murió poco después del rodaje dejando esta incógnita sin resolver. Rodó la película en silla de ruedas y con mascarilla de oxígeno arropado por sus hijos Tony, autor del guion, y Anjelica, en el papel de Gretta, la protagonista, que ofrece una excepcional interpretación llena de sutileza y verdad. 

Tony Huston, a su vez, recoge en el guion con aparente simplicidad el relato escrito por Joyce, ensamblándolo con el lenguaje fílmico de tal manera que el talento genial de John Huston lo transforma, sin perder un ápice de libertad, en una bella en inolvidable película conservando, en una suerte de prodigio, la profundidad del texto original.  

A pesar del título, en la película no hay muertos, ni fantasmas que sobrevuelen la trama y sin embargo, la iluminación, el paisaje nevado, el ambiente decadente de la celebración de la Navidad, las conversaciones, los bailes, las canciones, especialmente la que el tenor no quiere interpretar, The lass of Aughrim, pero que posteriormente canta para unos pocos y causa una gran conmoción en Gretta, nos van acercando a la idea de lo efímero de la vida, los amores perdidos y la aceptación de la intrascendencia vital. 

The lass of Aughrim

Todo ello culmina en la habitación del hotel en el que se alojan Gabriel y Gretta, quince últimos minutos de metraje, y donde tiene lugar la escena más conmovedora, sencilla y emocionante con la que termina el relato y la película:

«Su alma caía lenta en la duermevela al oír caer la nieve sobre el universo y caer leve la nieve, como el descenso de su último ocaso, sobre todos los vivos y todos los muertos». (Final del relato).

Sugiero vivir la experiencia de leer y ver, uno a continuación de otro y en este orden si es posible, el relato de Joyce y la película de Huston. Si además es una tarde de lluvia o nieve, estad dispuestos a disfrutar de un carrusel de emociones que difícilmente podréis olvidar. 

Película completa doblada a Español (de España)


Julia-Gil-Guionista
Julia Gil

Julia Gil tiene una dilatada carrera como guionista. Dice de ella misma:

«Nació mujer cuando la familia esperaba un varón. Superada esta primera decepción, sus padres se dispusieron a hacer de ella una persona de provecho.

Vano afán, pues estudió letras, fue actriz, y anduvo mezclada con escritores, artistas, poetas y gente de mal vivir, lo que la llevó a engancharse al guionismo mercenario, del que sigue colgada aunque afirma que se está quitando».


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Publicado en Reflexiones sobre la escritura
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