El apunte torpe

añadido-torpe
Trabajas en televisión. Has escrito una escena redonda entre dos personajes: X y P.

X se queda, P sale.

Lo que ha pasado está claro para el espectador.

—Ahora entra Z y pregunta qué pasa —te dice alguien. Un productor u otro guionista que dice saber más que tú—. X se lo dice.
—¿Para qué?
—Mira tú lo pones.
—¿Y si X miente y dice que «nada»? —replicas. Intentas minimizar el desastre.
—Hum. Bueno, pero pon «Z no lo cree».

Media victoria. No siempre sucede así…

—No, mira. Z entra y pregunta: ¿Y a ese qué le pasa? Y X se lo dice.

Tú lo haces porque no quieres discutir o porque quien lo dice paga. Eres un guionista más —quizás, uno menos— del equipo. Sabes que el subrayado es innecesario; que el público no es tonto. Pero sabes que todos en la serie que trabajas, todos, lo hacen.  Por inercia o por torpeza o porque el subrayado es la marca de la casa.

Después, un crítico con pocas luces dirá que no le gustan las series españolas porque en ellas todo es evidente, repetitivo…

Tú, amigo, amiga guionista, sabes la verdad. Ya llegará algo mejor, te consuelas.

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