Una escena de vida, un dilema de ficción: dramas y risas

 

comedia-y-tragedia

Una semana de octubre. En una habitación sin cortinas en penumbra en el hospital, limitada a un lado por la luz fluorescente del pasillo y al otro por la amarilla de las farolas, una anciana pasaba las noches gritando, llamando a su marido y a su hijo mayor, insultando a su hija y a las enfermeras, dando tarascadas, patadas y mordiscos.

Las enfermeras intentaron sedarla (el médico de guardia no aparecía), pero el cuerpo de la anciana pequeño y huesudo y cosido por los cirujanos y lleno tubos de suero y analgésicos era inmune a las drogas. Ella intentaba huir. Las enfermeras la ataban a la cama anudando sus tobillos con sábanas. Ella se deshacía de los nudos y deslizaba su espalda por el colchón buscando la salida por el hueco de la barandilla que impedía su caída y su huida. Se desnudaba para librarse del camisón como parte de la forzosa permanencia en la cama. Había olvidado el pudor. Así una noche y otra.

En medio de todo algunas risas de la hija y las enfermeras, risas inevitables, por las ocurrencias de la vieja llena de morfina. Risas que evitaban el derrumbe de la hija y el hastío y la impotencia de las enfermeras. Risas como gotas de agua limpia en un lavabo renegrido. La hija pedía perdón por las palabras y la violencia de la madre y añadía: Mi madre no es así. Las enfermeras respondían: Es normal.

Al amanecer, las enfermeras estaban agotadas y la hija, además, a punto de llorar aunque sonreía: Buenos días, mamá. La anciana respondía con una exquisita y vieja educación, ajena a su yo de noche.

Parecía que la noche —la oscuridad— necesariamente acogía el drama porque a la luz del sol hubiera sido insoportable. Una noche que más que remarcar el drama lo atenuaba junto con las risas ocasionales.

Un trozo de vida difícil de reproducir en la ficción. En una película, el momento exige —es un decir— risas o drama: cuestión de género comercial o nuestra comodidad o nuestro estado de ánimo o exigencia de quien paga. Hay en la mezcla otro peligro: se corre el riesgo de caer en lo grotesco o confundir al público —¿me río o lloro?— o ahogar un género a otro. O risas o drama. En el mismo guión, pero uno detrás de otro. Los manuales de guión lo dicen: fichas de color: un color para las risas; otro, para el drama. En una película de guerra, sobre el Holocausto, sobre el desmoronamiento de la civilización: risas-risas-risas-drama-drama-drama-risas-drama-drama-risas: como en una carrera de relevos, pero rara vez mezcladas.

¿Merece la pena el esfuerzo de intentar reproducir en una MISMA ESCENA la vida tal y como es —impura— o pasar por encima o escoger para una escena entre posibilidades: o risas o drama)?.

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