Melancolía y escritura

En cierta ocasión escribí una escena dramática en medio de lágrimas.  Las circunstancias trajeron la tristeza. La escena era trabajo remunerado y urgente. Releí la escena varias veces y pensé que era perfecta.

El editor de guiones de la productora devolvió el guión pasado un mes  con una nota en la escena: americanada. Tenía razón. Mi pena existía, aunque mitigada, y me permitía reescribir sin estar embargado por las emociones.La paradoja del comediante de Diderot se cumplía: el artista no puede recrear el dolor en medio del dolor sino una vez que ha recuperado la calma.

En pleno dolor emocional uno se queja e insulta a quiénes toma como culpables, lo sean o no. No puede describir cómo se siente ni cómo ha llegado a sufrir.

Es necesario pasar por el dolor para hablar de ello, pero el dolor no deja hablar en pleno proceso. Es como explicar qué sentimos en una montaña rusa mientras estamos en bajada.

Aparte de estos dolores más o menos pasajeros, está el dolor como compañero cotidiano. Los genes o la desesperanza o la resignación (un suicidio cotidiano según Balzac) son otras formas de dolor que pueden ayudar a escribir. Aquí no se habla de una montaña rusa en bajada sino de un trayecto estando de pie en un autobús atestado de personas malolientes que te clavan paraguas y bolsos y cajas. Podemos verlo todo, darnos cuenta de todo y describirlo.

Patricia Highsmith dice que un poco de tristeza puede venir bien para la escritura. La resignación puede ser tratada con un párrafo de 600 palabras igual que el dolor de muelas con paracetamol 650 g. No cura ni lo uno ni lo otro, pero alivian.

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