Cuándo plantar, cuándo no plantar

Peter Sellers es Mr ChanceNo siempre hay que plantar porque plantar puede matar la sorpresa o hacer lenta la historia.

“Si quieres que el personaje coja una pistola, pónsela en el primer acto; planta y recoge”, dicen los manuales de guión. Advierten que plantar puede evitar que el espectador enfurezca por un agujero. Sin embargo, plantar puede convertirse también en un error, puede aburrir por exceso de explicaciones.

Plantar nos coloca en la situación de un demiurgo que ordena el caos. Si quiero que una niña de diez años coja una pistola se la tengo que poner en la mano, pero mucho antes tengo que poner al padre guardando el arma en la mesita de noche. Pero hay momentos donde plantar equivale a TRAZO GRUESO, y eso también puede molestar, menos a los espectadores que les gusta pensar que son más listos que los guionistas. (Para esto último, un truquito antiguo: si te pones en lugar del espectador medio y piensas “ahora el personaje hace esto”, QUE EL PERSONAJE NO LO HAGA).

Volviendo a lo de plantar… Hay guiones donde TODO absolutamente TODO está plantado, matando la sorpresa. Por ejemplo:

Ana y Paula tienen diez años. Fuman en el parque. Una vecina las ve. Cuando Ana regresa a casa, la madre la recrimina por fumar y la castiga.

… Hay algo que quizá no debería plantarse…

Ana y Paula tienen diez años. Fuman en el parque. Una vecina las ve. Cuando Ana regresa a casa, la madre la recrimina por fumar y la castiga.

… No es necesario que aparezca la vecina porque todos comprendemos que una vecina o cualquier otra persona puede ver a las pequeñas e ir a chivarse a la madre. Lo que entra dentro de las posibilidades naturales de la acción no debería plantarse. No estamos hablando de una pistola que acaba en manos de una niña. Seguimos del punto de vista de Ana; vivimos su historia, lo que ella ve, percibe y conoce. Y ella no puede ver ni saber si la vecina la ha visto, a no ser que eso es lo que queramos, pero entonces, esta sería la cadena de acontecimientos:

Ana y Paula tienen diez años. Fuman en el parque. Una vecina las ve. Ana ve a la vecina. Cuando Ana regresa a casa, la madre la recrimina por fumar y la castiga. Ana está castigada; se lo cuenta a Paula: “La vecina es una chivata, se va a enterar”.

… ¿Y por qué esto es así? Porque no necesitamos ver cómo la madre castiga a Ana. Esto lo damos por supuesto. Siempre hay que omitir lo obvio, lo natural, cuando su representación sólo añade tiempo muerto, lentitud. 

Otro ejemplo:

Eva lee una revista. Encuentra en la revista una encuesta con un gancho: “Rellena esta encuesta, envíala a… y podrás ganar un coche”. Eva gana el coche.

… Desde aquí podemos escuchar al espectador “ahora gana el coche”. Pues no, no vemos lo de la encuesta. Queda así:

Eva lee una revista. Encuentra en la revista una encuesta con un gancho: “Rellena esta encuesta, envíala a… y podrás ganar un coche”. Eva gana el coche.

… ¿No es esto muy fuerte? Sí y no.

En la vida cotidiana compramos lotería, cupones, rellenamos encuestas de los centros comerciales para conseguir el premio “tu hipoteca pagada”. Estos boletos pueden ilusionarnos, pero estas ilusiones no tiene como resultado previsible la consecución de un premio. En una película sí hay una correlación necesaria entre boleto-premio. Como guionistas escogemos la información que queremos destacar y si destacamos que Eva rellena una encuesta cuyo premio es un coche, todos pensamos que va a ganar ese coche. Y si no lo gana, el espectador se siente frustado.

Si piensas “yo es que soy autor, y Eva no gana el coche”, estás malgastando el tiempo y las expectativas del espectador. Haces un “cliché de autor”.

En el caso de Eva, aunque seguimos su punto de vista, y en su punto de vista entra la posibilidad del premio, para ella es una sorpresa conseguirlo. Para el espectador NO LO ES, porque realmente lo está esperando. De hecho, si acabara la película y no hubiera vuelto a aparecer el dichoso boleto, el espectador podría preguntarse qué paso. En la vida real, a menudo nos olvidamos que compramos una quiniela.

Luego están los objetos plantados de manera torpe. Por ejemplo, dos que pelean sobre la cubierta de un barco, PLANO DEL ANCLA, pelea, pelea, PLANO DEL ANCLA, pelea, pelea, PLANO DEL ANCLA, pelea, caída atrás… Y el ancla atraviesa a uno de los dos. Vamos a ver… En los barcos hay anclas. No hay que plantarlo. Culpemos de esto al director o al realizador, pero nosotros como guionistas no pongamos más peleas en la cubierta de un barco.

Así que cuidado con plantar objetos o acciones. Unas veces estará bien (en el caso de la niña que encuentra el arma, o en género del suspense que necesita que plantemos la bomba —o lo que provoca inquietud). Y otras veces dará lugar a una historia con manchones. Aunque para ver qué funciona y qué no funciona hay escribir.

3 thoughts on “Cuándo plantar, cuándo no plantar

  1. Josué Ramos 21 octubre 2013 / 11:30 am

    Un buen tema, sí señor. Yo añadiría que también hay que tener cuidado y no pasarse recortando acontecimientos. En algún momento he pecado de eso y puede resultar bastante confuso para el espectador.
    Igual lo de “Eva lee una revista. Eva gana un coche”, sea una elipsis un poco brusca. Aunque en cualquier caso, siempre es mejor que explicar más de la cuenta.

    • Javier Meléndez Martín 21 octubre 2013 / 12:15 pm

      Gracias.

      Realmente no es tan brusco. Por ejemplo:

      MOC-MOC. Pedro se asoma a la puerta de su casa y ve a Eva al volante de un coche, sacando la cabeza por la ventanilla. “¿Damos una vuelta?”, dice ella. “¿Y ese coche?”, dice Pedro. “¡Me ha tocado en el sorteo de una revista!”, dice Eva.

      Y nos quitamos de un puñado de escenas :)

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