Gregory Peck y el pequeño fascista

Un ejemplo de cómo contentar a los espectadores y no traicionar al personaje

La tercera vez que vi Matar a un ruiseñor descubrí que Atticus Finch (Gregory Peck) no es un personaje de moral inquebrantable y firmes convicciones democráticas. (¿Cómo no lo vi antes?) Hacia el final de la película, Atticus rompe por un momento con su ética y acepta el sentido de la justicia del espectador (hay asuntos que deben resolverse al margen de la ley). Esto convierte a Atticus Finch en un personaje poliédrico, casi humano, casi como nosotros.

Recordemos los últimos minutos de Matar a un ruiseñor: los hijos de Atticus Finch se dirigen a una fiesta de disfraces del colegio. En el camino son atacados por un hombre. Otro hombre, un vecino con deficiencia mental, mata al agresor y lleva a los niños con Atticus. El decente Atticus se encuentra con un dilema: agradece al vecino que haya salvado a los niños, pero se siente obligado a contar lo sucedido a las autoridades (supondría el encarcelamiento provisional del vecino). Así es Atticus, no puede evitarlo.

Por otro lado, los espectadores tenemos sentimientos encontrados:

  1. Si Atticus pasara por alto lo sucedido, sentiríamos que se traiciona el espíritu del personaje.
  2. Los espectadores verían injusto que el salvador de los niños acabara en la cárcel.

La solución

El sheriff del lugar es la voz del espectador: el agresor estaba borracho y se cayó sobre su propia navaja; fin del asunto. Atticus no está contento con la propuesta: la ley es la ley. Pero el sheriff acaba convenciéndolo.

De este modo se contenta de dos formas al espectador:

  1. Atticus Finch conserva su integridad moral al dejar que la decision sobre el futuro del vecino recaiga en el sheriff.
  2. Se tranquiliza al pequeño fascista de hay en cada espectador: ha muerto un indeseable, ¿para qué vamos a meter en problemas al tipo que lo mató?

El personaje honesto y el pequeño fascista caminan de la mano en muchas películas y series de ficción. En muchas ocasiones es necesario que existan ambos personajes, sobre todo si queremos que el primero, el honesto, permanezca sin mancha. Alguien tiene que hacer el trabajo sucio, lo que realmente desea el espectador: el ojo por ojo, el diente por diente, que los malos se mueran y los buenos rían aliviados en el último segundo.

7 thoughts on “Gregory Peck y el pequeño fascista

  1. Cristina 10 septiembre 2011 / 2:45 pm

    Yo tampoco me había dado cuenta de la existencia de ese pequeño fascista en cada espectador… ¿Cómo puede admirar a Atticus y, al mismo tiempo, estar de acuerdo con el sheriff?
    Supongo que, como señala el último comentarista, los personajes están más próximos a ser conceptos que personas reales. Nos gusta creer que existen esos conceptos y verlos personificados, sobre todo los buenos. Los malos hay que esconderlos y disimularlos, porque a nadie le gusta que le llamen pequeño fascista (aunque lo seamos)… ¿Poliédrico, dijiste? Pues sí.
    Y la mitad de las caras son oscuras.

    • Javier Meléndez Martín 12 septiembre 2011 / 8:27 am

      “Nos gusta creer que existen esos conceptos y verlos personificados, sobre todo los buenos”. Me gusta la frase, Cristina. Mientras haya espectadores con fe en esa creencia, habrá personajes como Atticus.

  2. Samuel Dalva 9 septiembre 2011 / 7:30 pm

    Por cierto, Atticus significa “de Atenas” (ciudadano de Atenas).

    Así que mi sospecha es que la intención de la escritora a la hora de elegir dicho nombre, fue la de indicar que el personaje, al igual que los atenienses en, se rige por el principio de la areté: virtud, ciudadano ejemplar.

  3. Samuel Dalva 9 septiembre 2011 / 7:23 pm

    Muy buen análisis.

    Como todos los recursos, hay que saber emplearlo con el personaje y la situación adecuados.

    Por ejemplo, a mi juicio, el recurso de trasladar al “otro” la responsabilidad de una decisión “propia” pierde fuerza cuando queda patente que lo que se pretende es mantener inmáculo al protagonista.

    Y así, en muchas películas de acción, se nos muestra cómo el poli honesto se enfrenta al dilema de realizar una mala acción en contra de la ley para conseguir atrapar al malo o liberar al rehén. Es entonces cuando su compañero u otro personaje realiza tal acción (matar al malo, conseguir pruebas de forma ilícita…). En un primer momento, el poli honesto desaprueba la conducta del otro, pero como la mala acción ya está hecha, luego no tiene reparos en APROVECHARSE de ello. Esto es (a mi entender) un mal empleo de dicho recurso.

    Otras veces es aún peor, y la decisión que debe tomar el prota, la resuelve, no otro personaje, sino la pura suerte, con lo cual no hay “nadie” a quien señalar como responsable del acto ilegal.

    Sin embargo, en el caso de Atticus, el recurso está maravillosamente empleado y estudiado. La acción es por omisión y por tanto menos visible. La decisión la toma un personaje más o menos honesto (el sheriff). Los principios de Atticus se confrontan con sus sentimientos más primitivos como padre. Finalmente, los espectadores sentimos (al menos en mi caso) cómo Atticus tendrá que vivir el resto de sus días con el cargo de conciencia de haber tomado dicha decisión.

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