Un pitching y las expectativas

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Una historia de fútbol.

Cuando La Selección Española ganó el Mundial de Sudáfrica, recordé una historia de fútbol que alguien contó en un pitching al que asistí como espectador…

Un grupo de niños de un barrio marginal monta un equipo de fútbol contra la desidia de los padres. Necesitan un adulto como entrenador y escogen a un antiguo futbolista que ahora pasa la mayor parte del tiempo alcoholizado.

Los niños entrenan duro y tras muchos avatares, llegan a la segunda posición de la tabla. El último partido de la liga es contra el líder. Si los niños del barrio marginal ganan se colocarán en primera posición. Pero los padres, que se han sentido traicionados, impiden que los niños jueguen el partido. Fin de la historia.

“La moraleja es que los niños no pueden vencer en el mundo de los adultos”, concluyó el guionista.

¿Moraleja? De eso tenemos una ración todos los días: Nos encontramos con gente que quiere aprovecharse de nuestra buena fe, con amigos traidores, con marrones que nos dejan los compañeros de trabajo, con desencuentros con la familia, los achaques de nuestros padres… ¡No quiero más moralejas!

Puedo ver un drama o una comedia, pero quiero un final satisfactorio, no otra bofetada de realidad. Si me siento a ver la historia de un equipo de niños, yo soy uno de esos niños…

Quise encontrarme al guionista en los canapés para decirle que había destrozado una historia. (Fue la que más me interesó de las cuarenta y pico que escuché aquella tarde).

Para los guiones europeos, los finales amargos son un cliché, tanto como los finales felices de las películas de Hollywood.

Cada historia debe tener el final ajustado al planteamiento, el desarrollo y los personajes. Pero nunca, nunca, nunca se debe engañar al espectador.

En el cine norteamericano hay una adecuación mínima entre el savoir-faire y el objetivo que se persigue. No se siente uno estafado con la mercancía.

Godard

Las relaciones amorosas se juzgan por el final

“He perdido el tiempo con esa persona”, es una frase tras una ruptura.

La persona que la dice no piensa en las risas, en el sexo, en los momentos felices… Piensa que ha sido estafada. A eso se le llama “estafa afectiva” o “fraude amoroso”.

Con las películas, ocurre lo mismo…

Las películas se juzgan por final

Un guionista / director me hace una propuesta. Yo decido entregarle media hora de mi vida, una hora, dos o más… Puede que al principio el pacto espectador-película no cuaje y use el mando. En el cine, ya que he pagado, me aguanto. Quizá el guionista y el director me han seducido y me llevan por una montaña rusa de sensaciones… Lo último que espero es un mazazo en la cara: el protagonista cruza la acera y le atropella un coche antes de que lleve a cabo su misión. ¿Ya? ¿Eso es todo? ¡Devuélveme mi tiempo! ¡Me siento estafado!

Hay historias que sabes que acabarán mal: Lolita, La flaqueza del bolchevique, Requiem por un sueño, Leaving Las Vegas, Ladybird… Los guionistas de estas historias no ocultan las cartas. Es lo correcto. No hay estafa.

El personaje puede morir después de haber cumplido su misión o meta; se ha sacrificado para salvar a la persona que ama o con su muerte se redime. El protagonista no debe morir en vano ni ver como su sueño se diluye sin recibir algo a cambio.

Volviendo al proyecto de película de fútbol…

En una historia de superación personal, el protagonista SIEMPRE consigue su sueño principal.

Puede que los niños ganen el último partido o no.  Igual pierden, pero se ganan la atención y el cariño de los padres. Realmente, es lo que que querían: cariño. Ni un ojo seco en la sala…

Imagen: Jarek Tuszyński