El guión limpio como los chorros del oro

El papel y la tinta revelan lo que vale un guión.

Mi guión tiene varias versiones. Es inevitable que lo haya leído completo una docena de veces en la pantalla del PC. Llega un momento en el que digo: “Ya está, se acabó”. Lo imprimo y espero a leerlo cuando estoy cansado.

Creo que el papel y la tinta son mágicos: los errores resaltan como los semáforos en rojo en la noche. Y cuando uno está cansado se vuelve menos tolerante con lo que lee…

Leo en voz alta. Si no soy capaz de leer mis diálogos, ¿cómo pretendo que un actor lo haga? Me pongo en lo peor: que contaré con actores que farfullan más que hablan. Tengo que cambiar el diálogo.

Pongo las páginas sobre una mesa y las mezclo como si fueran las cartas de una baraja. El orden: 67, 32, 41, 23, 6… (No me tocaron los números de Lost). Releo. Si una página por sí misma no me dice nada, no es brillante, no me hace reír, no me conmueve, si por sí sola suena falsa, hueca, y vale menos que un anuncio de call tv, hago una pelota con ella.

Así el guión va quedándose limpio y escamondado.
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